
Reseñas, artículos y notas publicadas en la prensa nacional e internacional sobre La Chesa.
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Restaurante La Chesa
La carta Prix Fixe, a 35 dólares, es uno de los mejores valores del mercado. Pronto añadirán un menú a la carta.
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| FORTALEZA. Sirve comida italiana en un ambiente íntimo. LA PRENSA/Gabriel Rodríguez. |
ARISTÓLOGA
ESPECIAL PARA LA PRENSA
vivir+@prensa.com
He estado esperando este restaurante como al Mesías prometido, y ha tardado más que Dante en escribir la Divina Comedia. Pero por fin abrió, virtuoso como el Paraíso de Alighieri.
Tan pronto te sientas a la mesa, te sirven platitos de amuse-bouches: que si aceitunas apanadas; que si julianas de vegetales, que si un trozo de una gigantesca rueda de parmesano que adorna el salón principal: llamarlo “salón” es, de por sí, un poco exagerado, ya que es un lugarcito acogedor de unas seis o siete mesas.
El restaurante entero tiene escasos 55 puestos y consiste de dos saloncillos y una “Chef’s table”, una larga mesa familiar que sienta, fácil y cómodamente, a una docena de personas.
CUATRO PLATOS
El menú es estilo Prix fixe, y a 35 dólares por cuatro platos, imbatible.
El primer plato, los antipasti misti, consistió de una bruschetta con paté de hígado de pollo; un crostini con vegetales crocantes; berenjenas en escabeche y espárragos al perfume de romero, y una fritatta de vegetales. También probamos una berenjena a la parmesana que estuvo excelente.
Luego sigue una selección de ocho pastas: selección dificilísima de hacer, pero me llamó la atención un raviolón que resultó una fresca y moderna reinterpretación de spaghetti alla carbonara: relleno de una líquida, deliciosa yema de huevo y con un pedazo de pancetta encima, fue un triunfo técnico a la vez que sensual. Los ravioli de zapallo con galletillas de almendra vinieron con su mantequilla de salvia de rigor, y fueron otro éxito.
Los cavatelli, reminiscentes de pequeños gnocci, pero de sémola, trajeron una salsa de pesto de arúgula y albahaca, con langostinos y tuquitos de prosciutto; luego hubo un plato de buccatini alla amatriciana, deliciosamente entomatado; finalmente, unos spaghetti con ragú de ternera.
Entre la selección de secondi piatti, hay dos pescados: un salmón con caponata y una trucha en caldo de almejas, ambos dantescamente divinos; una bistecca alla Robespierre con papines y vegetales salteados al aroma de romero; un cochinillo acompañado de faro que estuvo muy bueno y un tiernísimo costillar de res, con colitas de Bruselas y polenta, con una salsa de Barbaresco y un toquecito de romero que hubieran hecho cantar a la misma Beatrice.
A la hora del postre, probamos un injerto entre pound cake y cheesecake, hecho con ricotta con un toque de limón y crema batida; un tiramisú hecho al momento que estuvo de antología, y una panna cotta con pistachos que no se quedó atrás.
Ah, y una cacerolita de chocolate que fue todo un pecado de por sí sola. Pocas veces me he sentido tan satisfecha. En estos días, en que el precio de la comida se ha disparado, la relación costo-calidad del menú Prix fixe es incuestionable (pronto añadirán un menú a la carta). Tienen bar completo y una carta de vinos prominentemente italianos, amén de una decoración sencilla, pero cálida y elegante a la vez.
Como tragué más que Ciacco en el tercer círculo del infierno de Dante, lo menos que parecía era una piuma al vento, y en honor al Duque de Rigoletto, quedé cantando La donna irremobile, y salí rodando por la rampa de acceso lateral. Dixit.

